jueves, 17 de diciembre de 2009

Lamarck, el olvidado


Sin lugar a dudas, 2009 ha sido un año de celebraciones para la ciencia: los 400 del telescopio de Galileo, los 200 del nacimiento de Charles Darwin, los 150 de la publicación de El origen de las especies… Pero casi todos se han olvidado de otras dos efemérides científicas: la publicación, en 1809, de La filosofía zoológica, de Lamarck, así como la muerte de este científico hace exactamente 180 años: el 18 de diciembre de 1829.
La vida de Lamarck parece estar marcada por la mala estrella del olvido: siempre a la sombra de otras grandes figuras, como el barón de Cuvier (su acérrimo y victorioso rival) en vida; Darwin, en la muerte: las equivocadas teorías lamarckianas han sido abandonadas por la comunidad científica a favor de las acertadas darwinianas. O eso dicen… ¿Será? Ya lo veremos más adelante; primero: ¿quién fue este tal Lamarck?

Los 85 años de Lamarck
Jean-Baptiste Lamarck nació el 1º de agosto de 1744, y recibió el pomposo nombre de Jean-Baptiste Pierre Antoine de Monet, chevalier de Lamarck; sin embargo, décadas después, de la mano de la Revolución Francesa, cambiaría su nombre por otro más republicano.
En 1761 (dos años después de la muerte de su padre), Lamarck comienza una breve carrera militar, sin mucha gloria, en la que le tocará asistir a famosas derrotas y alcanzar el grado de subteniente, lo que no es mucho decir, pues se trata del menor rango entre los oficiales franceses.
Finalmente, una bacteria del género Mycobacterium (y seguramente la misma que causa la tuberculosis: Mycobacterium tuberculosis) lo derrota: Lamarck abandona el ejército el 19 de febrero de 1768, a causa de la escrófula (una enfermedad de la piel causada por Mycobacterium), aunque tenía constantes problemas con otros oficiales de su regimiento de granaderos, aunada a cierta frustración personal: no había logrado obtener el grado de teniente a pesar de su buena carrera militar, que, según algunos biógrafos (aunque no se ha encontrado evidencia documental de ello), incluye haber sido herido en batalla contra los alemanes en la Guerra de los Siete Años.
La siguiente década, la vida de Lamarck tampoco es halagüeña: su madre fallece (16 de abril de 1775), intenta ser músico y fracasa, trabaja en un banco, estudia medicina, estudia botánica, realiza investigaciones en meteorología y en física. Finalmente, en 1776 presenta un trabajo sobre meteorología en la Academia de Ciencias.
En 1777 la cosa cambia de rumbo: Lamarck abandona temporalmente la elaboración de un libro sobre física, comenzado el año anterior, para escribir un tratado de botánica, que aparecerá publicado en la primavera de 1779. Durante este tiempo, Jean-Baptiste se casó con Marie Anne Rosalie Delaporte y nació Rosalie Joséphine, la primera de una fructífera descendencia.
También en 1779 y de la mano de la botánica despega la carrera de Lamarck como docente, al ser nombrado adjunto de las clases de botánica en la Academia de Ciencias. Su carrera académica avanza meteóricamente: en 1783, después de diversos cargos académicos y encargos científicos, obtiene una plaza de asociado en la Academia.
Otros 10 intensos años, en que el nombre de Lamarck como botánico crece, y también sus nombramientos (por ejemplo, el de guardián de los herbarios del gabinete del Rey, en 1789). También crece la agitación en Francia, que desembocará también en 1789, en la Revolución y, finalmente, el Terror, que hará rodar cientos de cabezas, entre ellas la de Antoine-Laurent de Lavoisier, gran químico con cuyas ideas Lamarck tenía serias desavenencias. Curiosamente, la muerte de Lavoisier se debió, en parte, a desavenencias científicas, que se tornaron personales, con el médico y periodista Jean-Paul Marat, pero eso es otra historia (o, más bien, otro hilo de la trama de la historia).
En 1792, después de cuidar de Lamarck durante 14 años, en los que engendraron seis hijos, muere la esposa de Lamarck. El triste viudo contraerá nupcias nuevamente en 1793, esta vez con Victoire Chalotte Reverdy. Ese mismo año, por razones administrativas, la Academia de Ciencias es suspendida y Lamarck deja de recibir sus honorarios; pero también se funda el Museo de Historia Natural, donde Lamarck trabajará, según parece, a partir de 1794. Ahí permanecerá durante varias décadas, hasta su muerte.
En el Museo, Lamarck comienza a dar clases en 1795, aunque en un campo que era desconocido para él: la zoología. Por si fuera poco, se le asigna el curso sobro insectos, gusanos y animales microscópicos. Será Lamarck quien los reúna bajo el título de invertebrados y organice la primera clasificación de este grupo. A pesar de su éxito en la botánica y la zoología, Lamarck no abandonó sus intereses en física y meteorología, campo que le acarreará gran descrédito, por lo impreciso de sus anuarios meteorológicos, que publicó durante once años, a partir de 1799 (hace justo 210 años).
Otra década activísima antes de llegar a la gran efeméride lamarckiana: se divorcia y publica su clasificación de los invertebrados en un mismo año (1801); escribe y publica sus estudios sobre ciencias de la atmósfera, hidrogeología y los discursos de apertura de sus cursos de zoología, así como una obra sobre la organización de los cuerpos vivos.
Hace 200 años, en 1809 aparece su obra más famosa: Filosofía zoológica. O exposición de las consideraciones relativas a la historia natural de los animales. En este libro Lamarck publica dos cosas: el nombre de la Biología para referirse a la ciencia que estudia a los seres vivos (por lo que se le considera, junto con Treviranus, el padre de este nombre), y su teoría sobre el origen y los cambios de la biodiversidad. El siguiente par de décadas lo pasará entre debates, burlas y discusiones debido a esta teoría.

La Filosofía zoológica, de Lamarck. Imagen tomada de http://www.arehn.asso.fr/centredoc/livres/lamarck_philosophie/ill02.jpg

Justo a la mitad de ese camino, en 1819, Lamarck se queda ciego y muere su tercera esposa, Marie Louise Julie Mallet, quien lo acompañó durante más de 20 años. Al año siguiente se publica el último libro de Jan-Baptiste, quien además deja de dar clases y se retira a su casa en el Museo, donde morirá el 18 de diciembre de 1829, hoy hace 180 años. Como invocando al olvido, fue enterrado en una fosa común en el cementerio de Montparnasse; su gran rival, Georges Cuvier, fue el encargado de escribir y leer, tiempo después, una nota sobre su muerte, un supuesto elogio en que ridiculiza a Lamarck.

Lamarck en las sombras
En 1809, hace 200 años, en su Filosofía zoológica, Lamarck expone su teoría de los cambios en las especies, lo que hoy llamamos evolución debido no a Darwin (que nació precisamente en 1809), sino al intelectual inglés Herbert Spencer.
¿Qué dice, pues, la famosa teoría de Lamarck? En pocas palabras, plantea que el ambiente plantea necesidades y desafíos a los seres vivos. Los organismos deben adaptarse a estos cambios, y lo hacen por medio del uso o desuso de órganos. Este uso de los órganos los perfecciona, y es heredado a los descendientes; este perfeccionamiento se acumularía generación tras generación.
El famoso ejemplo de las jirafas: al tenerse que alimentar de hojas de las ramas altas de los árboles, estirarían su cuello, que se haría más largo; este cuello largo sería heredado a los descendientes, que a su vez lo estirarían más, hasta llegar a los larguísimos cuellos de las jirafas actuales.
El cuello de las jirafas: la explicación de Lamarck y la darwinista. Imagen tomada de http://2.bp.blogspot.com/_EdiSPJX1jg8/STg4TmT1WPI/AAAAAAAAA7g/eygxucM-3UY/s400/Jirafas.JPG

Esta idea no era exclusiva de Lamarck, pero fue él quien le dio forma coherente y detallada. Otros científicos (como el mismo Darwin) también han aceptado la herencia de características adquiridas por uso y desuso, lo que en la actualidad es llamado lamarckismo, en un exceso de simplificación de la teoría de Lamarck así como de la historia de esta idea.
La teoría sobre-simplificada del lamarckismo fue desacreditada científica y políticamente por muchas razones, entre ellas los experimentos de August Weismann, quien cortó la cola a cientos de ratones, cuyos descendientes jamás nacieron con colas pequeñas. Nótese el error en el planteamiento de Weismann: las colas rebanadas artificialmente no son una característica adaptativa, por lo que no corresponden a lo explicado por Lamarck; aún así, sus experimentos han sido aceptados como válidos por generaciones de científicos que interpretan lo planteado en la Filosofía zoológica en términos exclusivamente de herencia de caracteres adquiridos por uso y desuso.
Tras casi dos siglos de descrédito cada vez mayor, Lamarck va saliendo de las sombras. Algunos autores han comenzado a resucitar sus teorías y a sostener que en la naturaleza en verdad existe la evolución por medios lamarckianos.
Entre tales autores podemos mencionar a Eugene Koonin y Yuri Wolf quienes el mes pasado han publicado, en la revista Biology Direct, un artículo titulado “Is evolution Darwinian or/and Lamarckian?” (“La evolución, ¿es darwinaiana o/y lamarckiana?”). Estos autores llegan a la conclusión de que ambas modalidades de la evolución existen y son importantes en la naturaleza.
Por supuesto, planteamientos de este tipo son muy controversiales, pero cada vez más frecuentes en la comunidad científica. Y es que cada vez conocemos más fenómenos que pueden explicarse en términos darwinianos pero también (y, según muchos autores, de mejor manera) lamarckianamente.
Mis favoritos son los procesos epigenéticos. En la visión tradicional de la herencia biológica, existe una especie de manual para construir a un organismo determinado: el ácido desoxirribonucleico (ADN), que contiene la información para todas y cada una de las proteínas que dan lugar a cada característica del individuo. Nacemos con este ADN, que ya tiene determinadas nuestras características, información que no se transforma: con ella nacimos y pasa a nuestros descendientes.
Sin embargo, se han descubierto sistemas que controlan lo que se “lee” o no de este ADN (en términos técnicos, qué genes se expresan); con estos controles, se desarrollan ciertos caracteres (y otros no). Incluso, las características de un individuo pueden cambiar durante su vida, de acuerdo con cambios en el control de qué genes se usan y cuáles no. Y estos cambios son hereditarios; eso es a lo que hace referencia el término epigenético: cambios heredables que no se encuentran en el ADN, sino en los mecanismos de expresión de los genes.
Se trata, claramente, de cambios en las características, asociadas a su uso o desuso, y que son hereditarias. Y que pueden acumularse a lo largo de generaciones. Esto, en mi opinión (y la de otros autores, como Eva Jablonka y Marion Lamb), se trata de lamarckismo puro, aunque algunos autores consideran que, al tratarse de cambios que podrían ser reversibles, no se trata verdaderamente de evolución, y mucho menos de evolución lamarckiana; para ellos, sólo los cambios genéticos serían admisibles. Es el caso, por ejemplo, de Koonin y Wolf.
En esta visión, el lamarckismo se debería definir como cambios adaptativos (es decir, que llevan a la supervivencia de los individuos en el medio), desarrollados en el transcurso de la vida del organismo y que se reflejen en cambios en la constitución del material hereditario, que serán heredadas a los descendientes.
Un ejemplo de esto está en la transferencia horizontal de genes. Nuevamente, en la visión tradicional, los caracteres se heredan de padres a hijos, de una generación a otra (de manera vertical, abajo a arriba en los árboles genealógicos). Pero, en algunos casos, esta herencia se realiza de manera horizontal: no a los descendientes, sino a otros individuos, en otra rama de los árboles genealógicos. Las bacterias realizan este tipo de transferencia con frecuencia. Y, además, es algo muy relevante para nosotros.
Para combatir a las enfermedades causadas por bacterias, recurrimos a ciertos medicamentos que las matan: los antibióticos. De vez en cuando, algunas bacterias son resistentes a un antibiótico específico. Tal como lo prevé el modelo darwiniano, estas bacterias y sus descendientes sobrevivirán, mientras que las otras bacterias (no resistentes) morirán. Las resistentes serán seleccionadas.
Sin embargo, estas bacterias resistentes pueden heredarle esta característica a otras bacterias, además de sus descendientes. Así, algunas bacterias pueden obtener, a lo largo de su vida, una nueva característica adaptativa que será heredada a sus hijos. Eso, según Koonin y Wolf, es lamarckismo evidente.
Y la lista de ejemplos de lamarckismo aumenta constantemente, como muestran, por ejemplo Koonin y Wolf, Jablonka y Lamb, o Francis Por en sus controvertidos trabajos. Quizá en este bicentenario de Darwin y de la Filosofía zoológica sea hora de recordar a Lamarck y reevaluar su modelo y su relación con el darwiniano.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Darwin y Bonfil

Imagen tomada de El Periscopio
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miércoles 2 de noviembre se presentará la conferencia "Darwin: el secreto de la evolución", de Martín Bonfil Olivera, en el Centro Escolar Hermanos Revueltas (Av. Aztecas #142, Col. Los Reyes, Coyoacán, D.F.).
La cita es a las 11:00.
¡Aquí los esperamos!


Imagen de Gerardo reyes/Oxford University Press,
tomada de la página personal de Martín Bonfil Olivera

martes, 24 de noviembre de 2009

Presentación de "Lecciones de Astronomía"


Gracias a una colaboración entre el Centro Universitario de Ciencias Exactas e Ingenierías (CUCEI) de la Universidad de Guadalajara y la Sección Diocesana de Educación y Cultura del Arzobispado de Guadalajara se presentará el domingo 6 de diciembre a las 12:30 hrs. en el salón "Juan José Arreola" de la Feria
Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) la edición facsimilar de las "Lecciones de Astronomía" (Guadalajara, 1859) del Pbro. Dr. Agustín de la Rosa ySerrano.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

6to. aniversario de "La manzana de Newton"

Les esperamos el próximo viernes 6 de noviembre a partir de las 18:30 hrs. en el auditorio de Jalisco Radio (Francisco Rojas González esq. av. México, 2do. piso)

ENTRADA LIBRE, habrá regalos y sorpresas

lunes, 5 de octubre de 2009

Mes de la Ciencia (Astronomía) en el Congreso de Jalisco

Exposición:
"La astronomía en Jalisco: del libro prohibido a los observatorios modernos"

Durante todo el mes de octubre, ENTRADA LIBRE


Conferencia:
"¿Quién era Severo Díaz?"

Mtra. Laura Benítez Barba

Sala de legisladoras jaliscienses
09 de octubre, 17:00 hrs.

domingo, 28 de junio de 2009

Mi ancestro la placa peluda


¿Alguna vez se ha imaginado, querido lector, que podría ser descendiente de una placa peluda? Usted, y los plecos en su pecera, y el mosquito que lo molesta por las noches, la lombriz en la maceta, el coral de los arrecifes y, quizá, hasta la esponja de baño (claro, si usa esponja natural).

Al parecer, esa idea podría ser acertada. Todos los animales modernos podríamos ser descendientes de unos animalejos extraños, llamados placozoarios: se trata de los animales vivientes más simples que se conocen, morfológicamente hablando (esto es, en cuanto a su estructura). Si quieren conocerlo, pueden ver un video en la revista PLoS Biology. Y sí: el bicho tiene una apariencia por demás extraña, pero "eso" es (sin lugar a dudas y con todas las de la ley) un animal.

Durante mucho tiempo, los placozoarios han sido una de las grandes incógnitas de la zoología: ¿de qué otros animales son parientes?, ¿cómo aparecieron (es decir, a partir de qué grupo de organismos evolucionaron)?

La cosa no está clara. Algunos científicos consideran que los placozoarios son descendientes de las esponjas de mar y ancestros de los cnidarios (esto es, el grupo al que pertenecen los corales, anémonas, hidras y medusas). Otros opinan que los placozoarios son cnidarios degenerados, que evolucionaron hacia formas menos complejas.

El hecho de que exista sólo una especie conocida de placozoarios (Trichoplax adhaerens) no contribuye a simplificar el problema. Y hay quien considera que existen otras especies de placozoarios no clasificadas aún. En 1893 (justo 10 años después de la publicación del descubrimiento de T. adhaerens), otra especie de placozoario (Treptoplax reptans) fue descrita, pero, dado que no ha vuelto a ser encontrada, su existencia está en duda.

En años recientes, se publicó un estudio de la diversidad genética de los placozoarios, que lleva a Voigt y colaboradores a concluir que estos animales son más variados de lo que se creía y podría tratarse de varias especies y no sólo una. Y un interesante debate ha seguido a esta publicación.

El animal favorito de Schulze, Bütschli y Schierwater

Bernd Schierwater, un especialista en placozoarios, ha declarado públicamente (¡imagínese usted!) que Trichoplax es su animal favorito. Una preferencia curiosa, si las hay. Yo no llego a tanto, pero entiendo por qué este investigador del Instituto de Ecología y Biología Celular (de la Tiërarztliche Hochschule Hannover) considera a estos animales sus favoritos: se trata de criaturas intrigantes y hermosas desde cierto punto de vista, en especial cuando uno las mira moverse en el agua, como si bailaran.

Se trata de animales sencillos, planos (aproximadamente 1 mm de grosor), formados por dos capas de células (una superior y una inferior) entre las cuales hay una cierta cantidad de líquido y algunas células dispersas. Las células de las capas superior e inferior terminan en unas estructuras en forma de pelos (llamadas cilios), por lo que esta especie fue bautizada como “placa peluda” (tricho, “pelo”; plax, “placa”) por su descubridor, Franz Eilhard Schulze.

Schulze (1840-1921), un gran científico poco conocido en la actualidad, describió por primera vez a los placozoarios en 1883, completando su descripción en 1891. Estos animales llamaron de inmediato la atención de grandes personalidades de la biología, como Ernest Heinrich Philipp August Haeckel, Edwin Ray Lankester, Iliá Ilich Méchnikov (un gran microbiólogo, merecedor del Premio Nobel en 1908) y, especialmente, Johann Adam Otto Bütschli. Estas grandes mentes se enfrascaron en un intenso debate acerca del origen de los animales, estimulados por las descripciones de Schulze.

Desafortunadamente muchos científicos consideraron que los placozoarios eran larvas (estados juveniles) o formas degeneradas de otros animales. El hecho de que Schulze hubiera descubierto estos animales en las paredes de acuarios y que no se encontrara en la naturaleza apoyó esta idea. Y los placozoarios fueron relegados fuera del centro de atención de la ciencia, por una hipótesis endeble y poco sustentada.

Sin embargo, en la década de 1960 varios estudios independientes encontraron a Trichoplax en la naturaleza, y los estudios sobre esta especie dieron pie a considerarla diferente de todos los demás animales, es decir, a establecer que se trataba de un phylum (una rama completa) del reino animal. Se propusieron dos nombres para este phylum: Placozoa (que fue el primer nombre, y que se ha mantenido hasta la actualidad) y Phagocytellozoa.

En la década de 1990, finalmente, los placozoarios volvieron al centro de atención, pues algunos estudios genéticos sugirieron que este phylum podría estar muy cercano al origen de todos los animales.

Urmetazoario: el origen de todos los ani-males

Existe consenso en que los animales todos provenimos de un ancestro común (es decir, formamos lo que se llama un grupo monofilético), a pesar de la gran diversidad de tipos que hay en nuestro reino.

Para poder entender esta diversidad, generalmente se organiza a los animales en dos grandes grupos. Por un lado, animales "complejos", llamados bilaterales pues tenemos simetría bilateral (es decir, con un eje de simetría que nos marca un lado derecho y otro izquierdo) y cuerpos alargados, como los insectos, los moluscos y nosotros. Por otro lado, los diploblásticos: más sencillos, sin simetría bilateral, con cuerpos mucho menos diferenciados, como los cnidarios, ctenóforos (peines o nueces de mar) y esponjas de mar.

No se sabe con certeza cuándo se produjo la separación entre estos dos grandes grupos; una hipótesis indica que los bilaterales descendemos de los diploblásticos. Otra hipótesis plantea que no somos descendientes de los diploblásticos, sino que tenemos un ancestro común con ellos.

Sea que descendamos de un ancestro común, o que descendamos de los diploblásticos (que a su vez tendrían un ancestro común a todos ellos), encontrar ese ancestro, ese primer animal es un reto científico importantísimo.

Dicho animal original, aunque no se conoce, ha sido denominado de varias formas, como arqeometazoario o urmetazoario. Este último nombre es el más frecuente y proviene de unir uno de los nombres que se han dado a nuestro reino (Metazoa, “animales superiores”) con el prefijo ur-, de origen alemán y que significaría “original, primitivo, arquetípico”).

Este animalillo debe haber sido muy simple, formado por más de un tipo de células, con un conjunto de genes (genoma) sencillo y pequeño (pero no demasiado reducido, para que de él pudiera surgir la variedad de animales conocidos). En eso, hay consenso. Pero, ¿cómo estaban organizadas las células de nuestro ancestro común? ¿Cómo era el genoma del tal urmetazoario?

Como soñar no cuesta nada (afortunadamente) y una de las bases de la ciencia es imaginar cosas con fundamento para luego demostrarlas, los científicos, desde el siglo XIX se han dado a la soñadora tarea de plantear cómo habrá sido el mentado urmetazoario.

Haeckel, el ajonjolí de todos los moles evolucionistas de su tiempo, sostenía que se trata de un animal esférico, formado por dos capas de células, invaginado (o sea doblado hacia dentro) a partir de su polo posterior muy al comienzo de su desarrollo embrionario (en la etapa conocida como gástrula), al que llamó “gastrea”.

Mechnikov, por su parte, en abierta controversia con Haeckel, planteaba que las capas celulares no se formaban a partir de una gástrula invaginada, pues los más sencillos animales conocidos adecuadamente en la época (las esponjas de mar) no presentan esta etapa. En su opinión, las células del exterior viajaban hacia el interior de la esfera de manera más desordenada. Mechnikov llamó a este hipotético urmetazoario con el nombre de “parenquimela”. Sin embargo, en 1886 el propio Mechnikov cambió el nombre de este ancestro a “fagocitela”, debido al descubrimiento (que lo impactó profundamente, y marcó el resto de su carrea, en particular sus estudios del sistema inmune que le granjearon la obtención del Premio Nobel) de unas células devoradoras que encontró en el sistema digestivo, llamadas fagocitos.

Lankester proponía que el origen de los animales está en un organismo plano, ciliado, bilateral, parecido a las larvas de los cnidarios (que son llamadas plánulas); incluso, podríamos descender directamente de estas plánulas, si alcanzaran la madurez sexual conservando sus características juveniles (un patrón evolutivo, observado en los animales, que es conocido como pedomorfosis).

Bütschli proponía una versión modificada de la gastrea: en su opinión, los primeros animales eran organismos planos, de una sola capa de células, que daría lugar a organismos formados por dos capas de células, que posteriormente se invaginarían, dando lugar a un organismo de tres capas, similar a T. adhaerens, lo que nos trae de vuelta a los placozoarios.

Placozoarios y evidencia total a la carga

Un estudio publicado en PLoS Biology ha encarado la búsqueda de la posición de los placozoarios en la filogenia de los animales, y ha dado algunos resultados emocionantes. O, cuando menos, interesantes.

En este artículo, Schierwater y colaboradores se enfocan al asunto del origen de los animales (también llamados a veces animales superiores o metazoarios) por medio de un análisis de “evidencia total”. Tradicionalmente, los estudios filogenéticos (esto es, del origen y relaciones entre los tipos de seres vivos) se realizaban tomando en cuenta unas pocas características que se consideraban esenciales; además, estas características elegidas solían provenir de una sola rama de la biología, por ejemplo la genética o la morfología.

Esto siempre fue así hasta que Arnold Kluge, en 1989, decidió hacer las cosas de manera diferente: en su opinión se debería usar toda la información disponible. Esta idea no era nueva, por supuesto: ya la había planteado, por ejemplo, Rudolf Carnap en la década de 1950. Pero, hasta la genial idea de Kluge (metodología que ahora se conoce como “evidencia total”), a nadie se le había ocurrido aplicarla a la filogenia.

En primer lugar, se ha confirmado que los placozoarios no son cnidarios degenerados ni dscendientes de las esponjas. Dadas sus características, según este estudio, serían anteriores a todos los demás diploblásticos vivientes.

En segundo lugar, se toparon con que los bilaterales y diploblásticos actuales son demasiado diferentes: sencillamente los bilaterales no pueden descender de los diploblásticos típicos. La separación entre estos dos grupos tiene que ser muchísimo anterior de lo que se creía, desde muy al comienzo de la existencia de los animales, lo que ya de por sí resulta un hallazgo importantísimo.

En tercer lugar, en su opinión, los placozoarios podrían ser el origen de los diploblásticos. Y hasta ahí lo que el artículo dice textualmente. Pero lo que viene entre líneas puede ser aún más importante: un animal del tipo de los placozoarios o similar (como propone la teoría de la plácula de Bütschli) podría ser el último ancestro común de todos los animales.

Sólo el tiempo dirá si esto es así; mientras tanto, los placozoarios son un firme candidato al papel protagónico del urmetazoario: son morfológicamente simples, son genómicamente simples (aunque poseen una serie de genes necesarios para la formación del sistema nervioso, que no se desarrolla en estos animalitos) y poseen un lugar en la base del árbol genealógico de los animales.

[La imagen que adorna esta entrada ha sido tomada de https://newsline.llnl.gov/_rev02/articles/2008/sep/images/jgi.jpg ]